Vos me hacés volver a un lugar en el que nunca he estado, pero que siempre añoro.
Pensarte. Amarte en silencio, amarte en la distancia, desearte en los sueños, desearte siempre.
Y vos, tan lejos.
No te idealizo. Conozco tus falencias. Tengo las mías y no me avergüenzan.
Hay días en que quiero ser una madre perfecta; días en que quiero ser una amante perfecta; días —aunque ya son pocos— en que quiero ser una esposa perfecta.
Hay otros días en los que no quiero ser. Quiero desaparecer.
Quiero dormir y no despertar hasta mucho tiempo después, para ver si la vida terminó siendo como yo la añoraba; si pudo dar a luz ese sueño que era mío sin necesidad de mi intervención.
Sin estar siempre planeando la jugada que viene, dónde me van a dar jaque, a qué cuadradito voy a poder escapar.
Hay veces que me levanto muy cansada, muy agobiada, peleando con los pensamientos intrusivos, y me calzo las zapatillas y salgo a correr, como tratando de alejar a todos los monstruos que me persiguen.
Y ahí, en ese momento de silencio —no sé si es calma—, solamente cabe un pensamiento:
una pierna adelante,
otra pierna adelante,
otra pierna adelante,
y cuál va a ser el siguiente paso que me lleva hacia adelante por un sendero que no se termina.
Cuando la mente se calla y todo es un solo pensamiento —hacia adelante—, es ahí. Ahí donde llegás vos.
Y te pienso y soy feliz.
Llego a ese lugar que siempre añoro y en el que nunca he estado.
Te va a romper el corazón.
Te lo va a hacer pedazos y lo sabés. Vas derecho al matadero moviendo la cola y sabés que ahí no te espera nada bueno.
¿Por qué siempre vas adonde no te eligen? ¿Por qué bajás las escaleras para encontrar a ese alguien que no llega a lo alto?
Ahí vas, esperanzada, llena de emoción, y sabés, porque te lo verbalizaron, que ahí no hay compromiso ni lealtad.
Te mostraron un rayito de luz por entre la puerta y te creíste que todo el amanecer es para vos…
No, mamita.
Ahí hay solo dolor, espera y resignación. Y ya estamos viejas para perder el control por alguien así.
Tomá mate. Hacé tus ejercicios, terminá tu trabajo, cuidá a los chicos, cuidá a tu madre y seguí corriendo y levantando pesas, que ahí, en el sacrificio propio, hay resultados